A todos nos ha pasado eso de encontrar un antepasado que llevas buscando un tiempo y, cuando das con él, no se entiende un carajo de lo que pone en la partida. Las causas son múltiples: el documento está deteriorado, manchado o roto; el tipo de letra utilizado requiere un dominio avanzado de la Paleografía o, simplemente, que la caligrafía del párroco de turno es infumable.

Ejemplo de este último caso es uno de los libros parroquiales de defunciones de Monterrubio de la Serena (Badajoz). Hace unos meses hice unas búsquedas en estos registros. Eran sin fecha exacta, así que al ser defunciones casi consulté de pe a pa todos los tomos. Uno de ellos me trajo por el camino de la amargura. La letra era diminuta y nefasta, se mezclaban letras y números, algo raro ya que casi siempre me he encontrado las fechas escritas con letra, cosa que creo induce menos a confusión que un batiburrillo de números que apenas se entiendan. Para más inri, el cura debía ser bastante ahorrador, ya que los registros venían apelotonados como sardinas en lata en cada hoja. Y no solo eso, sino que también apuraba la tinta al máximo, condenando a la práctica invisibilidad a más de un registro.

Tras un rato dejándome los ojos en aquella investigación, llegué a una de esas visitas que se encuentran en los libros parroquiales a finales o principios de cada año. No suelo leerlas, pero en esta ocasión casi fue un alivio encontrarme con un cambio de letra tan contundente. La de la visita era grande, clara y legible. Así que les di el gusto a mis ojos y me leí lo que allí se decía.

Aquello era una buena reprimenda del prior al cura que se había encargado de los registros de aquel último año. ¿La razón? La complicada letra del párroco. Leyendo esa regañina me identifiqué bastante con aquel prior. Él se dejó los ojos mirando esos registros un 24 de febrero de 1739.

Y yo misma he pasado por el mismo trance 279 años después, en los primeros meses de 2018.

El prior decía, y razón no le faltaba, que las susodichas partidas estaban extendidas “muy diminutas, con mala letra y con números en las fechas de mes y año, siendo esto muy perjudicial para lo venidero” (Doy fe). Y proseguía: “Mando que en adelante el cura de esta parroquia extienda con buena letra y con buena tinta las partidas de difuntos en la manera siguiente”.

El prior escribe entonces una “partida tipo” para que se tome como modelo en los siguientes registros. Es la siguiente, escrita literalmente:

En el margen izquierdo de la hoja escribe la identificación: “Partida Fulano”.

En la parte derecha, como texto de la partida, pone: “En la villa de Monterrubio, en tantos días (con letra) de tal mes y año se enterró a Fulano, hijo, casado o viudo, que murió en tal día, mes y año, y se enterró en tal línea y lo firmo…

De todas formas, por si aun así al cura del pueblo le daba por hacerse el remolón, el prior le avisa al final de la visita de que si incumple estas directrices, “y escusa del proceder, tendrá pena de diez ducados”.

A la luz de las partidas posteriores a tal visita, dudo bastante de que ni la reprimenda ni la amenaza de imposición de tal pena surtiera efecto alguno en el párroco de Monterrubio de la Serena. Y si no, mirad vosotros mismos el documento…

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