A veces me encuentro con historias curiosas en los libros que consulto durante mis visitas a los Archivos. La de Joaquín Fernández Cortina, obispo de Sigüenza, la descubrí consultando los libros de defunciones de Pendueles, un pueblo del concejo asturiano de Llanes cuyos registros se encuentran en el Archivo Diocesano de Oviedo.

En la partida de defunción que hallé, o quizás habría que llamarla “semi-partida” de defunción, fechada a 21 de agosto de 1854, las primeras líneas decían lo siguiente: “Partida de sepultura del corazón, pulmones y vísceras abdominales del Excelentísimo e Ilustrísimo Señor Doctor Don Joaquín Fernández Cortina, obispo que fue de Sigüenza”.

Decididamente, aquello terminó por llamar mi atención y decidí hacer una fotografía de parte del documento e investigar más tranquilamente desde casa. Y, desde luego, lo que leí me reafirmó en que la historia era digna de ser contada.

 

Nacido en Pendueles (Asturias) en 1798, Joaquín Fernández Cortina comenzó sus estudios religiosos de la mano de su tío, inquisidor de Granada. Recaló en Sigüenza en agosto de 1847, cuando la reina Isabel le presentó para ocupar el obispado de la ciudad, cargo en el que tomó posesión al siguiente año, en 1848. Se ve que el frío de este municipio castellano manchego empezó a hacer mella en su salud, y tres años más tarde, en 1850, intentó trasladarse a la diócesis de Jaén o a la de Málaga, con climas claramente más benévolos. Pero no pudo ser y, en 1854, con 56 años, falleció de una pulmonía cuando se encontraba haciendo una visita pastoral en Montejo, pueblo actualmente perteneciente a la Diócesis de Osma-Soria pero que hasta 1955 lo fue de la de Sigüenza.

 

Al abrir el testamento del obispo de Sigüenza, se comprobó que había dejado dispuesto que practicaran con su cuerpo la dilaceratio corporis. Esta costumbre, antes habitual entre los eclesiásticos, consistía en dividir y repartir los restos mortales. En este caso, Joaquín quiso que su cuerpo fuera sepultado en la capilla mayor de la Catedral de Sigüenza y su corazón, pulmones e intestinos en la Iglesia de San Acisclo de Pendueles, su pueblo natal. Además, aunque no constara en el testamento, su cerebro fue sepultado en Montejo (Soria), a petición del ayuntamiento de la localidad.

 

Actualmente, en su lápida de la Catedral de Sigüenza puede leerse el siguiente epitafio: “Aquí yace el Excelentísimo Señor Don Joaquín Fernández Cortina, obispo de esta Diócesis. Su corazón y vísceras yacen en Pendueles, Diócesis de Oviedo, donde había nacido. Su cerebro en Montejo de Liceras, donde falleció haciendo santa visita en 31 de mayo de 1854. R.I.P.A. (Requiescat in pace in aeternum – descanse en paz para siempre).

La partida que yo localicé daba cuenta del cumplimiento de una de las últimas voluntades del obispo de Sigüenza, la de enterrar sus órganos en Asturias, casi tres meses después de haber fallecido.

 

Imagen de portada: Los Baños del Obispo

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